jueves, 15 de enero de 2009

La perspectiva cristiana en Roberto Rossellini y en Dreyer





Siempre me ha impresionado la película Europa 1951 de Roberto Rossellini. Desde luego, el principio de la película no puede revestir mayor dureza narrativa: el suicidio de un niño (leitmotivo que nos recordaría a Germania anno O, pero eso es otro cantar). A mí me dio por compararla con Ordet, de otro grandísimo maestro...casi (yo le quitaría el casi) único, que es Dreyer. Y me dio por compararlas porque parece como si sólo la locura nos llevara al cristianismo que muchos calificarían de "auténtico", aquel que asume a pies juntillas los mensajes de Cristo.
La protagonista de Europa 1951, encarnada por la bellísima Ingrid Bergman (que no es la belleza de la foto) decide dedicar su vida al servicio de los desarraigados y los necesitados (aquellos que aparecen en las Bienaventuranzas) hasta el punto de que su propia familia y amigos, así como las fuerzas vivas de la sociedad, la toman por loca y la internan en un sanatorio mental.
No deja de tener gracia que dos de las películas que más profundamente nos hablan del cristianismo en la segunda mitad del siglo XX (es decir, cuando el hombre seguía renunciando a sí mismo después de la experiencia de las dos guerras mundiales) estén dirigidas por un comunista y por un homosexual. Me refiero, respecto al segundo, a Pier Paolo Passolini, pero de esto hablaremos otro día.
En cuanto a Dreyer, san Pablo nos dice: si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra Fe. A modo de inciso, me llamó la atención que esta frase se publicó hace años en el mundo omitiendo el condicional, un chiste. Bueno, siguiendo con Ordet, el Johannes, el hermano que había perdido la razón leyendo a Kierkegard, el que cree en la resurreción después de la muerte, pero no en el fin de los tiempos, sino, como ocurrió con Lázaro, fruto de un milagro (milagros de los que apostatan el médico y el pastor de la pequeña comunidad donde se sitúa Bortensgaar).

Tal vez nos parezca evidente. Pero no puedo dejar de fijarme en el hecho de la literalidad del mensaje cristiano, lejos de caer en lo fácil o en lo sentimental, que revisten estas dos películas. Tal vez los tintes realistas de Rossellini nos hagan ver una crítica social (está clarísimo), pero yo prefiero fijarme en el hecho de que, tal vez, seguir hoy a pies juntillas a Cristo, sea un acto de locura en un mundo cuerdamente desquiciado.

En cualquier caso, pocas y pobres son estas líneas para dos historias tan conmovedoras, que no por ello dejan de ser películas geniales.

3 comentarios:

J. Rogelio Rodríguez dijo...

El post de esta noche es muy denso, quiero decir, necesita ser desgranado con sutileza para pensar en la variedad de matices que expones... Tiempo tendremos de seguir compartiendo experiencias "espirituales" (el cine, por supuesto lo es) pero déjame tan solo recordar la tristeza callada de "Alemania año cero" y, por supuesto (sé que te imaginas lo que voy a decir), la terrible desnudez formal de "Roma ciudad abierta"... Sobre infancia, cine y nazismo.

Un abrazo.

Fidelio en el bosque animado dijo...

Rogelio. Absolutamente de acuerdo con tu comentario!¿No crees que algo de la desnudez formal a la que te refieres también la tenemos en Europa 1951?
Clarísimo lo de Alemania año 0, quizás por eso necesitemos a veces películas como Ordet, para seguir creyendo...en el hombre...
Gracias! Un abrazo!

Manuel dijo...

Cielos... Veo al loco sobre la colina recitando a Kierkegaard como si fuesen fragmentos de una tragedia griega...
Un regalo para el Luisma:
"Emisario de un Rey desconocido
Cumplo informes ademas de instrucciones,
Y las frases bruscas que a mis labios vienen
Me suenan a un otro sentido anómalo...
Inconscientemente me divido
Entre mi y la misión que mi ser tiene,
Y la gloria de mi Rey me da desden
Por éste humano pueblo entre quien lidio...
No sé si existe el Rey que me ordenó
Será que mi misión es olvidar
Mi orgullo en el desierto en que en mi estoy...
¡Mas ah ! Yo me siento en las altas tradiciones
De antes del tiempo y del espacio y de la vida y el ser
Ya las vio Dios como mis sensaciones...".
(Fernando Pessoa)