sábado, 15 de mayo de 2010

Elogio de la tristeza


Desde luego, un budista me diría que esta entrada es el perro que mató su religión para acabar con la rabia, ...y probablemente tendría razón...pero me van a permitir ser un poco eurocentrista y a la vez nostálgico.

No es este un elogio de la depresión, la enfermedad del occidental de nuestro tiempo (junto con las cardiovasculares y la obesidad). Tampoco lo es de la angustia romántica de aquellos magníficos artistas de principios del XIX que escribían a la muerte o paseaban por ruinas góticas.

A veces, recordamos un olor, captamos un sonido...y un recuerdo nos viene a la mente. La nostalgia que nos acecha conforme avanzamos en edad. El otro día, mi amigo Rogelio escribía una magnífica entrada sobre la edición de la obra póstuma de Canetti. Estuve pensando en los cientos y cientos de obras que me han hecho reflexionar sobre la muerte. En el Requiem alemán de Brahms, en las coplas manriqueñas...en los Evangelios! Y es que, conforme avanza nuestra andadura por este valle de uno no sabe qué, todo se relativiza. Los éxitos se toman con cada vez menos entusiasmo...y los fracasos con más entereza...digamos que uno aprende a encogerse de hombros cada vez mejor ante todo lo que la vida nos trae, pues, vemos lo inevitable de ese avanzar hacia el Leteo como algo inherente a lo que una persona ha de aprender en esta vida: aprender a vivir y aprender a morir.

Detesto esa especie de estigmatización de la muerte. Igualmente, detesto la estigmatización de la vida a pro del contínuo recuerdo de estar de paso. Me encantan las canciones de taberna....tanto como las misas de Tallis. Sé que me repito mucho, pero uno de los cineastas que más ha reflexionado sobre la muerte, Bergman, muestra en su Séptimo sello una lección clarísima a través de una historia (cómo no) medieval.

Pero yo venía a hablar de la tristeza. De ese sentimiento que nos invade cuando escuchamos el último movimiento de la novena de Mahler (hay que escucharla entera...)...o cuando muere don Alonso Quijano...un estado de seriedad reflexiva nos invade. Nuestra sensatez nos impide caer en la melancolía, pero al mismo tiempo nos pone en guardia: guárdate del entusiasmo, no te pase como a Ayax, que murió presa de la locura...y es que es peligroso dejarse arrebatar por el néctar de los dioses...aaay esos éxitos humanos.

Nótese, asimismo, que hablo de tristeza, no de envidia (tristeza de los éxitos ajenos), traición (daño a los demás en pos del egoísmo) y un largo etcétera de estados del alma que, en realidad, son...como diríamos...pecados capitales (todos estudiamos el catecismo en la EGB ¿no? pues eso).

En fin. Sin necesidad de regodeo, hay un cierto placer en la nostalgia del recuerdo de aquellas mañanas de mayo, cuando estábamos en el instituto y el sol penetraba por las rendijas de la persiana mientras sonaba La hora de las danzas en Radio-2, o sonaba la música de Amarcord mientras presentaba los clásicos del cine (de terror, japonés, sueco, etc) que ponían en la 2 cuando aún cumplía su función cultural...y no cultureta!! Hay una gran belleza en las notas autógrafas de Mahler en su octava sinfonía, dirigidas a su esposa Alma (für dich lebe, für dich sterbe)...o cuando el corazón se nos encoge con el encuentro de Tristán e Isolda del segundo acto o la muerte de Isolda...pues eso, microcápsulas de tristeza...para evitar la depresión...o como diría Gabitene Caligari: querida tristeezaa, de ti me he enamooorao y ya he dejao deee ser un pobre desgraciaooooooooo, a tu laooo, a tu laooo!

Sean felices!!!