viernes, 11 de junio de 2010

El arte de saber escuchar


Es un hecho comúnmente aceptado, que al vivir en democracia, damos por supuesto que la tolerancia, la alteridad (un concepto bonito, una palabra horrible, al menos para mí) y todo lo que se deriva de la convivencia democrática, campan a sus anchas por nuestra sociedad. Esto, implicaría la clara existencia de una comunicación entre los individuos que componen el tejido social; que existe diálogo entre los mismos y que, en definitiva, sabemos escuchar al otro.

Por desgracia, la política está impregnando todos los ámbitos de nuestra vida (o al menos, los telediarios se empeñan en convencernos de ello). En virtud de ello, hay cada vez más tópicos que clasifican las opiniones, desterrando la independencia de criterio. Estás con nosotros, o contra nosotros. Tranquilos, dije que no iba a hablar de política, y no lo voy a hacer.

Volviendo a nuestra capacidad de incomunicación. No me extraña que mataran a Sócrates. ¿Cómo podíamos dejar vivir a un individuo que, lo primero que nos pedía, era que aceptáramos nuestra ignorancia? (No digamos Jesús de Nazareth, que decía ama a tu prójimo como a ti mismo…). Huyendo de las utopías, podemos llegar a un acuerdo. Un contrato social. A partir de ahí, y ya como conquista histórica aparece la democracia. Aparecen los derechos políticos y, después los económicos y sociales. Hasta una tercera…y una cuarta generación de Derechos Humanos!! Esos que hoy utilizamos para discriminar al otro. La libertad de opinión, la libertad religiosa, la no discriminación por motivos de raza, sexo, etc, etc.

Pero el hombre es un ser social. Qué tono tan peyorativo adquiere, en la actualidad, la frase de Aristóteles con que abre su Política: el hombre es un animal político; sí, sí, un ser social. Cuántos filósofos han ido más allá y nos han hablado del otro. Siempre que leía o escuchaba esto, me venía a la cabeza aquel dibujo de los libros de lengua del esquema de la comunicación: el emisor, el receptor, el canal, el mensaje…y la verdad es que no eran dibujos muy afortunados, porque el receptor tenía cara de darle igual lo que decía el emisor. Tal vez, sin quererlo, los libros de lengua mostraban una imagen de lo que está siendo nuestra sociedad. Un mundo de sordos, buenos consumidores y buenos votantes.

Ahora en serio, temo estar convenciéndome de que cada vez hemos ido perdiendo, más y más, el arte de saber escuchar. Quizás tenga algo de culpa el habernos convertido en homo videns. Los mensajes son cada vez más simples porque no leemos. En el plano del diálogo, de la comunicación con nuestros semejantes, y gracias a las maravillosas nuevas tecnologías, no esperamos, ningún mensaje del otro porque nuestra mente se está acostumbrando a procesar claves en forma de imágenes, squetches (menudo palabro acabo de colar), o, simplemente, porque no tenemos ganas de escuchar algo que nos haga reflexionar. Podríamos hacer un chiste machista y decir aquello de por qué los hombres no leen las instrucciones…o preguntar cómo se va a un sitio es de débiles…

Es más triste que todo eso. Uno de los profesores que tuve de historia antigua nos decía que ya era hora de que aprendiéramos a leer y a escribir de verdad. Se refería a que procesáramos lo que leíamos y no nos limitáramos a engullirlo para regurgitarlo. También decía que habláramos entre nosotros, pues es más fácil transmitir un pensamiento compartiéndolo y discutiéndolo, que leyéndolo en la soledad del estudio. Y tenía razón. Esas discusiones acaloradas (bendita ingenuidad estudiantil) sobre la cara de ofensa permanente de Hegel y sus definiciones de los cínicos, a altas horas de la madrugada, delante de una botella de vino…. Al menos escuchábamos al otro (aunque al día siguiente no nos acordáramos….). No, en serio, era muy edificante dialogar sobre esto o aquello (y si no que se lo pregunten a Platón).

He traído un cuadro que transmite, aparentemente, la frialdad de los cuadros de Ghirlandaio (soberbio el retrato que tenemos en el Thyssen). A mí me gusta mucho porque representa el diálogo entre dos generaciones (o piensen como muchos estudiantes de arte, que el nieto está mirando las úlceras de la nariz de su abuelo). Leí en algún sitio que los abuelos no tenían ya nada que enseñarle a sus nietos. ¡Qué falsedad! Por desgracia, hemos ido creando una especie de sociedad en la que las conquistas se proclaman en forma de derechos del consumidor. El ruido nos acosa por todas partes, las tiendas utilizan la música como estrategia comercial. Todo es sonido, todos hablamos mucho y constantemente…pero no escuchamos al otro. No esperamos a que termine una frase. Compulsivamente, comenzamos a procesar no sé qué en nuestro cerebro. De esta manera, la pregunta ¿pero, de verdad has escuchado lo que acabo de decirte? Es una constante, un protocolo necesario en una sociedad de espíritus sordos.

A veces me entran ganas de coger a mi familia y escapar a Roma o a Florencia, donde las piedras hablan más, dicen más cosas que los seres humanos. En sitios como esos aprenderíamos a escuchar, a leer, a mirar.

Afortunadamente, tengo amigos, familiares, compañeros de trabajo a los que poder escuchar. Pero el aire de las calles trae a veces un denso hedor de incomunicación que estremece (un poco pedante la metáfora, pero bueno). Hagan ustedes la prueba. Intenten mediar en una discusión callejera y digan cualquier chorrada. El resultado es imprevisible. Es como si nuestra soberbia nos impidiera aceptar el discurso del otro. Como si tuviéramos aprendidas dos o tres reglas, y con eso basta. Como si la voz desconocida fuera una amenaza.

¿La terapia para ello? No hace falta trasladarse a Florencia. Hay pueblos de Almería, que tienen una plaza donde los árboles que la rodean, nos regalan una bendita sombra bajo la que se vegeta en los días de agosto. El Mediterráneo está plagado de estos pueblecitos. En esos lugares encuentra uno un silencio tan elocuente…que invita al diálogo. Más aún si pedimos una botella de vino del país, e invitamos a un par de amigos (tengan cuidado de que no sean los borrachines del pueblo). Insisto. Hagan la prueba.

7 comentarios:

Miguel dijo...

Saber escuchar... ¡pero si hoy ya no se lleva eso de escuchar...! Eso, antes, pero ahora, como tú muy bien dices, la gente se contenta con mirar los mensajes visuales, claro, que la tele manda, sin pararse a escucharlos. ¡Eso de escuchar es cosa de abuelos...! Yo, como creo que ya sabes, soy profesor de ciencias sociales en ESO, y cuando veo que alguien me escucha (porque en todo el mundo hay excepciones, benditas excepciones, añado) casi se me erizan los pelos y mi mente se pone eufórica. Porque la verdad es que hablar para sordos artificiales es un trauma que los docedntes llevamos a cuestas. Pero en otros ámbitos de la vida, desgraciadamente, me doy cuenta que vamos camino de lo mismo. Yo, querido amigo, cuando conozco a alguien que sabe escuchar, lo admiro, y hablo y escucho. Que esto de hablar y escuchar, a parte de ser un arte, es un placer.

Un abrazo.

J. Rogelio Rodríguez dijo...

El artículo que nos regalas en esta ocasión es inmenso en matices: Ghirlandaio, Sócrates, Aristóteles, ...¿por qué no Bach, cuando su arte es sonido u silencio?, pienso en los diálogos con las obras de arte en Chillida Leku...

Me da igual Florencia, Roma, Rodalquilar, El cabo de Gata, Las Negras. Cómo echo de menos el cielo de Almería: el cielo de Tabernas.

Al menos este espacio que nos da la web nos permite escucharnos con respeto, con ganas de aprender. Escuchar, leer, escribir de verdad.

UN fuerte abrazo, amigo.

Fidelio en el bosque animado dijo...

Buenas noches Miguel! Como sabes, somos colegas. A mí me ocurre lo mismo! La estadística es terrible: de cada diez alumnos, probablemente sólo uno escucha.

De todos modos, el aula es un reflejo de treinta familias, por mucho que se quiera dispersar la culpa (bueno, esto es una opinión). Probablemente hoy nos encontremos en una de las épocas más difíciles para ser padres, pues hay solapados dos modos de comunicarse y conocer el mundo que responden a patrones completamente distintos. En fin, me estoy poniendo un poco Sartori. Supongo que si nos pusiéramos a hablar no acabaríamos con la casuística de las aulas. Comparto, eso sí, tu emocion cuando descubres unos oídos abiertos de par en par. Muchas gracias por tu comentario. Un abrazo!

Fidelio en el bosque animado dijo...

Querido Rogelio, qué más se puede añadir sino gracias por tu comentario. Qué te voy a contar yo del cielo de Tabernas (en mi caso de Uleila, más puro pues no hay carretera nacional que pase cerca), o del valor del silencio. Me encanta que traigas a Chillida, el artista que supo escuchar muchas cosas de la naturaleza. Como muy bien dices, este blogespacio nos sirve, al menos, para escucharnos con los ojos, y me encanta. UN fuerte abrazo, amigo mío. Nuevamente gracias por tu comentario.

El rincón de Chiriveque dijo...

Pues menuda cuestión, saber escuchar, es todo un arte y casi nadie sabe hacerlo con propiedad. El libro de Francesc Torralba al respecto es muy interesante y te lo recomiendo.

Un abrazo amigo y estupenda entrad.

Fidelio en el bosque animado dijo...

Tomo nota, amigo mío. Muchas gracias por tu comentario.

Un abrazo!

Maggie dijo...

Rescato de su escrito esta frase:
"En esos lugares encuentra uno un silencio tan elocuente… que invita al diálogo".
Tiene usted un blog muy variado e interesante. Lo visitaré más a menudo.
Un saludo.
Margarita Hernández