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miércoles, 8 de julio de 2009

Veranos en Uleila (el calor...y la sombra!).



Creo que es en Sobre los acantilados de mármol, donde Jünger abre su libro con una evocación (manriqueña me atrevería a decir) de aquellos lugares y tiempos que no se volverán a repetir…ni a disfrutar.

Un amigo bloguero, don Alfredo García Francés, ínclito escritor, Premio Nacional de Periodismo, hará algunos años, y persona de valía, me comentaba que había estado en Uleila del Campo…aunque deduje por sus palabras que pasó un poco de calor. No fue esta la única coincidencia, pues ambos habíamos conocido también a Jacinto Soriano, legítimo vástago de la muy noble Uleila del Campo. Probablemente media Sorbona ha pasado por la casa de Jacinto a lo largo de sucesivos veranos. A nosotros, los jóvenes rapaces, nos impresionaban las reales hembras que venían. Aquellas francesas bronceadas con los ojos verdes y de pelo negro, que parecían sacadas de un cuadro de Matisse, y sin embargo …eran de carne y hueso!!

Pero mi intención era hablarles de los veranos de Uleila. El pueblo de mi querido padre. Allí íbamos desde que una cruel tormenta asoló la finca que mi madre tenía en la sierra de Partaloa: la Palma. El paraíso de la caza menor. No en vano, su actual dueño lo tiene de coto de caza. Pero para los veranos de Cantoria, les remito a un artículo que ya les traeré, de otro escritor. Creo que era el mismo Jacinto Soriano el que escribía que a Uleila hay que ir ex profeso. No es lugar de paso. Y ex profeso (ex vacaciones, diría yo) íbamos todos los años desde julio hasta la primera quincena de septiembre.

Es muy difícil expresar todo lo que me viene a la cabeza. Si hemos sido niños y hemos veraneado en un pueblo, la imagen puede describirse con un poema de Josep Pla, en el que nada más empezar se refiere al olor a leña y a chimenea. Así es, lo que más recuerdo son los olores. El olor de las alacenas (cada una con el suyo), el de los patios, el de las cámaras, el de los baúles. Luego estaban los olores del campo. El olor de los días en que sopla el Poniente (los peores), el olor de la madrugada, cuando las arbustáceas empiezan a despedir un sinfín de aromas. El olor de la mañana.

Aunque, sin duda, lo que uno disfruta con mayor delectación son los sonidos, más bien uno solo: el silencio. Hay horas del día en las que no se oye nada, sólo algún gato o los pasos de alguien que se aventura a caminar por las calles del pueblo porque va a por fósiles…o a correr los pollos. Esto último hay que hacerlo más o menos cuando el calor está en todo lo suyo, para así poder coger a los perdigones para criarlos y usarlos en el puesto.


Por desgracia (o por otros motivos), dejamos de ir durante algunos años. Mi pobre padre se vio privado de poder ver a sus amigos y a la imagen del Santo Cristo de las Penas. Dejamos de ir en el 93, y cinco años después murió. Otro Juez más Alto hará rendir cuentas a todos aquellos que le impidieron ir, pues el episodio estaría bien en una novela de Alejandro Dumas (padre). Aunque he de decir, que las cuitas que habían acompañado a mi querida madre durante aquellos veranos, eran propias de una novela de Dickens. Ah! la abnegación de mi querida madre…y de mi hermana! Cuántas miles de abnegaciones femeninas ignoradas durante décadas! Cuántos millones de mujeres abnegadas han sostenido la Humanidad!

Si hubo otra persona que más padeció ver el término de aquellos veranos, esa fui yo. De repente se acabaron los aromas, los amigos, las cañas en la Tejera y las excursiones de este monaguillo, aprendiz de naturalista, admirador de Darwin (y de las mujeres, especialmente de la carita de mi mujer cuando tenía trece años) y gran bebedor de cerveza...Pero la historia pone a cada uno en su sitio. Pasan diez años y me caso con la nieta de uno de los hombres más buenos, ecuánimes y serenos que he tenido el honor de conocer, Alfredo Peña. Y resuenan en mi cabeza aquellas palabras que abren un soneto del poeta gaditano Angel García López: Volver a Uleila!

La historia daría para una novela prosopográfica. Si la escribo algún día, créanme, muchos tendrán que soportar mis consultas y mis flaquezas de aprendiz. No digamos si empiezo a contar anécdotas sobre mi abuelo paterno, secretario de ayuntamiento de la España caciquil, fallecido en 1936 (de muerte natural), o las andanzas de mi querido padre durante la República y la Guerra Civil. Pero esa es otra historia.




lunes, 13 de abril de 2009

El affaire Dreyfus en España...o el libro que nunca estará en el exilio


Mi suegra, que es una bendita, me dejó una habitación en la casa de su padre (otro santo varón de la ecuanimidad y el buen juicio, que fue don Alfredo Peña) para que guardara mis libros y mis papeles, así como todas aquellas cosas que decidiera enviar a un dulce exilio, porque no cabían en el espacio que mi santa mujer me deja en casa para mis libros y otros bártulos (estuve a punto de bautizarme Bártolo de Sassoferrato en lugar de Fidelio Preferí sin embargo este alias casi travestido, en lugar de uno de los santones del Derecho, disciplina de la que, hace siglos, huí hacia la libertad de la Biblioteca Antonio Nebrija, aneja a la cantina del campus de la Merced, ambas en igual plano de trascendencia), pero sobre todo, porque en un mundo plagados de "gobernadores Pizarro", es mejor emplear retruécanos y jugar al manierismo hasta que suene la trompeta anunciado: Der Herr minister ist angekommen!!


No es que los libros y papeles que en ese refugio de exiliados dejen de tener importancia, es, simplemente, una cuestión de inmediatez en el uso. Por poner un ejemplo, los discos, las biografías de Franco, los panfletos del Régimen, los suplementos culturales o la ristra de periódicos que uno acumula después de cada viaje se encuentran allí. Por esto, ese refugio puede ser un almacén de papeles o un archivo, escójase la opción que más guste o créasele aproximada a la realidad.


Se podrá deducir que este trasunto de archivo-biblioteca contiene también algunos libros que, lejos de destruirlos (suerte de delito de homicidio sobre las cosas con vida propia) prefiero tenerlos en un dulce exilio.


Todo lo contrario sucede con el libro al que hago referencia "El affaire Dreyfus en España 1894-1906", un libro que me acompaña desde mi niñez y al que no es esta la primera (ni la última!) ocasión en que me refiero. Será por mi obsesión por el matrimonio entre Justicia y Derecho y mi odio por las ocasiones en que, a lo largo de la historia, éste se ha hecho divorcio doloso.


Tampoco es la primera vez que reproduzco esta dedicatoria: "Para D. Luis Sáez Reche ¿Cómo explicar que fuese un crimen el nacer judío en la cuna de la revolución por la Fraternidad, la libertad y la Igualdad?". Bueno, sobre todo esto haría falta un año completo de entradas. Como botón de muestra os dejo esta dirección http://www.charles-peguy.org/ y este poema que el autor del libro ha tenido la gentileza de enviarme:


La esperanza, ese camino ...

Sorprendente maravilla, la esperanza -dice Dios.

¡Cómo salir de ese asombro!
Esta niña esperanza en apariencia nada.
Esperanza tan chiquita,
inmortal en verdad.

Adelantándose a sus hermanas mayores,
¿quién va a prestarle atención?

Camino de la salvación, camino de la tierra viviente,
escabroso camino de salvación, ruta interminable,
caminando entre sus dos hermanas,
la esperanza naciente
se adelanta
entre sus dos hermanas mayores:
la casada
y la que es madre.

¡Y el pueblo cristiano prestando atención sólo a éstas:
la primera y la última!
Las más atareadas.
Las del tiempo presente.
Las de este mismo instante fugitivo.
¡Y el pueblo cristiano sólo atento a las mayores,
contemplando sólamente a las mayores!
La de su derecha y la de su izquierda.
Apenas atento a la central,
tan pequeña,
camino aún de la escuela
siempre andando
perdida entre las faldas de sus hermanas.
Pueblo que cree alegremente que son las mayores
las que tiran de la mano a la pequeña,
siempre en medio de las dos.
Para hacerle caminar, ¡siempre el camino!,
camino escabroso de salvación.

¡Pueblo ciego que aún no ve lo transparente!:

a esta niña esperanzada,
central,
arrastrando a sus hermanas
nada en absoluto sin ella:
apenas dos mujeres ya mayores,
dos mujeres, eso sí, de cierta edad, ajadas, por tanto, por la vida.

¡Que sólo eres tú, mi pequeña, la niña que sabe de amor!


Charles Péguy.