Hay una revista editada en la red que debería ser lectura obligada para muchas personas que pensamos que hay opiniones inamovibles (que acertado estuvo Fernando Savater cuando dijo que las opiniones, como tales, son discutibles). El catoblepas, revista que recoge o en la que subyace el pensamiento de Gustavo Bueno.
Podemos estar de acuerdo o no con este filósofo a veces no suficientemente reconocido, pero lo que no me deja indiferente es su habilidad para la identificación de ciertos mitos del presente. En especial los de la izquierda (y no por una toma de postura ideológica, sino porque los de la derecha, en principio, parecen conocerse ¿o no?).
Si hay algún tópico asumido o mistificado, allí, en el Catoblepas, encontraremos un artículo que, con gran rigor y fortura en la mayoría de los casos, encuentra su bisturí.
Pero no es esta entrada una enconada defensa de su línea editorial. Más bien es, en cierto modo, lo contrario (aunque no desde la perspectiva que pudiéramos imaginar).
Por centrarnos un poco, hay algunos geniales artículos que critican esa especie de idealismo puesto al día (también lo podemos llamar optimismo antropológico aunque no vaya a hablar de la remodelación ministerial) que preside las sucesivas reformas educativas. Estos ártículos, de obligada lectura para todo docente, revisan los planteamientos pedagógicos y el desastre (para unos, logro para otros) a que nos ha llevado el llamado espírito de la LOGSE. Aquí traigo la dirección de uno de ellos: http://www.nodulo.org/ec/2007/n062p14.htm
Yendo a sus raíces, se citan nombres como Rousseau o Tolstoi, por citar fuentes lejanas y, en cierto modo, ideológico-espirituales...para cargar las tintas contra el llamado aprendizaje constructivista, que, por fin, ha desembarcado en la UNESCO y nos ha legado esas tablas de la ley que son las famosas COMPETENCIAS, la última conquista de la ciencia pedagógica, que, como decía López Almagro, debe de ser muy útil en la luna, puesto que está pensada para sus habitantes.
Pero, sobre todo, me llama la atención que se critique a Tolstoi. Sobre todo, tras leer la defensa que del mismo hace otro maestro, López Almagro, en su Escuela Normal.
Permítaseme hacer un poco de Salomón (aunque yo me llamaría Salomín) y señalar donde creo yo que está el error de los planteamientos de unos y de otros.
Los apóstoles de la LOGSE recogen, efectivamente, todo un pensamiento que, en principio, podríamos calificar como "de izquierdas", al reprobar, desterrar, satanizar esa especie de clasismo que presidía el anterior sistema educativo y que impedía, así rezan algunos preámbulos legislativos, poco más o menos, acceder al pobre a un sistema eduvativo. Claro, esta es la filosofía que presidía la obra de Tolstoi o de López Almagro: la educación para el pueblo, el pueblo en los Ateneos, acercar al niño a la Escuela en función de sus medios, capacidades, etc, etc, hasta lograr que ese niño sea a la vez maestro de otros niños (este es un burdo resumen del bello relato que Tolstoi hace de Yásnaia Poliana). Cuando López Almagro llega a la Escuela de San Miguel en Murcia, está impregnado de esta filosofía (grosso modo si se me permite resumir aún más), solo que los campesinos rusos son los hijos de agricultores y colonos de la huerta de Murcia (sí, sí, la de la zarzuela).
Haciéndose eco de esta filosofía, el apostolado LOGSE pretende que el sistema educativo se haga partícipe de esta filantropía. Para ello nos dota de cientos de planes y proyectos educativos, y, en momentos de bonanza económica, de dotaciones más o menos generosas para grupos de trabajo sobre coeducación, multiculturalidad... sin caer, no obstante, en la cuenta de que toda esa serie de principios no se aprenden (al menos de una forma esencial) en una escuela. No se trata aquí de descargar al docente de su posición ante la violencia de género o el acoso, es algo más básico, se trata de responsabilizar a toda la sociedad, que es, realmente, el ámbito de convivencia de las personas. Claro, aquí sí que hay que tomar medidas impopulares (que muchos ayuntamientos, lógicamente, resuelven multando hasta por hablar...) que se dirijan a la educación de una sociedad, a la de nosotros los mayores, los que creemos que la carretera es nuestra y que los impuestos pagan todo nuestro vandalismo. Y para que no quepa ninguna duda de que estamos seguros de nuestra estupidez, se la transmitimos a nuestros hijos.
El dilema del político está claro ¿quiénes tienen que transmitir valores, quiénes tienen que "educar" sus votantes o los docentes? Ante esto sobran filosofías o pedagogías y psicoaprendizajes, si no es para servir de coartada.
No hace falta quitarle la razón ni a Tolstoi...ni siquiera a Rousseau...y mucho menos al insigne maestro murciano. No hace falta atacar la raíz del planteamiento. Ello porque lo que los cientos de apóstoles logseanos pretenden, es extrapolar un modelo de escuela que surge de la heroica conciencia de apóstoles de verdad en medio de una sociedad radicalmente injusta, con unas diferencias de clase bárbaras, extrapolarlo, digo, a otro modelo de sociedad donde las libertades democráticas, las tres generaciones de derechos humanos y la conciencia social han sido conquistadas, me atrevo a decir (y en voz alta), con creces.
Sé que puedo ser tachado de iluso, radical...lo que vds quieran, pero ¿es adecuada esa filosofía a sociedades que tratan las conquistas de todo un siglo como un niño que recibe cientos de regalos cada 6 de enero?
No es necesario atacar la raíz de la filosofía LOGSE, entre otras cosas porque no puede ser esa, que los mismos logseanos pretenden que así sea, no puede ser su raíz. Es cierto que, a la hora de crear una mitología, es lo más útil, pues el ideal ilustrado tampoco les vale del todo, y mucho menos el anarquista (aunque muchos los acusan de suscribirlo...en el fondo).
Podemos seguir hablando y hablando, pero los informes y estadísticas nos dicen que vamos mal (sobre todo los andaluces) y eso no es bueno. No hace falta hacer apología del autoritarismo (como muchos pretenden ver en reincorporar el principio de autoridad, por ejemplo), pero lo que no se sostiene de ninguna manera es lo que hay montado ahora mismo, y menos con más de treinta alumnos por aula, cuando la ratio legal es de veinte. Eso se llama hipocresía.
Para que nos quede buen sabor, aquí os dejo un fragmento de Tolstoi. No penseis en los Polpot de la vida, ni en el estado actual de la enseñanza, pensad en una aldea rusa de las miles que había (podéis ayudaros de la fotografía de Doctor Zivago, rodada en España).
La escuela no es un modelo. Volver a recordar la historia y su desenvolvimiento es, no obstante, útil. Desorden aparente que da por resultado, por parte de los alumnos, el orden. Batallas de escolares. El papel del maestro en caso de batalla.
Debo explicarme. Describiendo la escuela de Yásnaia Poliana, no pretendo darla como un modelo útil y bueno de imitar; no quiero más que mostrarla tal cual es. Creo que tales descripciones pueden tener sus ventajas. Si yo lograse, en las páginas siguientes, volver a trazar con lisura la historia del desenvolvimiento de la escuela, aparecería claramente al lector cómo se ha formado el espíritu actual, por qué lo encuentro yo bueno, por qué me sería absolutamente imposible cambiarlo, aun cuando yo quisiera.La escuela se ha desarrollado libremente por la sola virtud de los principios establecidos, por el maestro y por los alumnos. A pesar de toda la autoridad del maestro, el alumno tenía siempre el derecho de no frecuentar la escuela, y aun frecuentando la escuela, el de no escuchar al maestro. Este tenía el derecho de no conservar al alumno en su escuela y de poder obrar con toda la fuerza de su influencia sobre la mayoría de los niños, sobre la sociedad que entre ellos forman siempre. Cuanto más adelantan los niños en el estudio, más se extiende la enseñanza y más se impone la necesidad del orden. Por consiguiente, en una escuela que se desenvuelve normalmente y sin violencia, cuanto más instruidos son los discípulos, más capaces del orden resultan, más sienten ellos mismos la necesidad de él, y más fácilmente, bajo este punto de vista, se establece la autoridad del maestro.
En la escuela de Yásnaia Poliana, desde su fundación, se ha visto confirmada constantemente esta regla. Al principio, imposible distribuir las clases, ni las materias, ni los recreos, ni las tareas: todo se confundía, todos los ensayos de distribución resultaban vanos. Hoy, en la primera clase, hay alumnos que piden ellos mismos seguir la guía de horarios y materias, que se aburren cuando se les saca de su lección, y que echan fuera a los pequeños que se atreven a estar entre ellos.A mi juicio, este desorden exterior, aunque parezca al maestro tan extraño, tan incómodo, es útil, indispensable. Ocasiones tendré de volver a ocuparme, con bastante frecuencia, de las ventajas de esta organización; en cuanto a sus inconvenientes, he aquí lo que tengo que decir:En primer lugar, el desorden u orden libre parécenos tan espantoso porque estamos acostumbrados a otro sistema según el cual hemos sido instruidos.
En segundo lugar, sobre este punto, como sobre otros muchos, el empleo de la violencia está fundado en una interpretación irreflexiva e irrespetuosa de la naturaleza humana. Parece que el desorden aumenta, crece por momentos, no conoce límites; parece que nada puede detenerlo sino la represión violenta, cuando basta esperar un poco para ver el desorden (o el fuego) extinguido por sí mismo, produciendo un orden más perfecto y estable que aquel por el cual lo sustituiríamos.
Los escolares son hombres, seres sometidos, por muy pequeños que sean, a las mismas necesidades que nosotros; como nosotros, seres pensantes; todos quieren aprender, y para esto van a la escuela, y por esto llegan sin esfuerzo a esta conclusión, que, para aprender, es necesario someterse a ciertas condiciones. No sólo son hombres, sino que constituyen una sociedad de seres reunidos en un pensamiento común. Y en todo lugar donde se reúnan tres en Mi nombre, Yo estoy en medio de ellos. Cediendo a las solas leyes naturales, a las leyes derivadas de la naturaleza, ni se oponen, ni murmuran; cediendo a vuestra autoridad intempestiva, no admiten la legitimidad de vuestras campanillas, de vuestro uso del tiempo, de vuestras reglas.¡Cuántas veces he tenido ocasión de asistir a las batallas de los niños! El maestro se lanza entre ellos para separarlos, y los dos enemigos se miran de reojo; incapaces de contenerse aun en presencia de un maestro temible, acaban por caer uno sobre otro con más ardimiento aún que antes. ¡Cuántas veces, en el mismo día, he visto un Kiruchka, apretados los dientes, caer sobre Taraska, cogerle por los cabellos de las sienes, derribarlo al suelo; parece querer desfigurar a su enemigo, dejarle muerto! Pero no ha pasado un minuto cuando ya Taraska ríe bajo Kiruchka y le hace otro tanto; antes de cinco minutos, vedlos tan buenos amigos, sentados uno al lado del otro.Hace poco tiempo, después de la clase, en un rincón dos muchachos se fueron a las manos: el uno, un notable matemático de cerca de nueve años, alumno de la segunda clase; el otro, un pequeño, con ojos negros, rapado, inteligente, pero vengativo, nombrado Kiska. Kiska echó mano a los largos bucles del matemático y le apretó la cabeza contra el muro, en tanto que el matemático se esforzaba vanamente para coger las cerdas rapadas de Kiska. Los negros ojos de éste brillaban triunfalmente. En cuanto al matemático, le costaba trabajo contener sus lágrimas.-¡Bien! ¡bien! ¿Qué? ¿qué? -decía Kiska.Pero se veía claramente que éste hacía daño, y que sólo quería pasar por valiente. Esto continuó por bastante tiempo, y yo estaba indeciso sobre qué partido tomar:-¡Se pelean! ¡se pelean! -gritaban los niños.Y se agruparon en el rincón. Los pequeños reían, pero los mayores, aunque sin tratar de separar a los combatientes, mirábanlos con aire serio. Las miradas, el silencio, no fueron perdidos para Kiska. Comprendió que lo que hacía no estaba bien; púsose a sonreír, y poco a poco fue soltando los cabellos del matemático. Este último se desembarazó de aquél, acosó a Kiska, a quien apretó por la nuca contra el muro, y después, satisfecho, se alejó.
El pequeño se echó a llorar, y lanzándose en persecución de su enemigo, le pegó con todas sus fuerzas sobre el abrigo de pieles, pero sin hacerle daño. El matemático iba a secundar, pero en el mismo instante resonaron gritos de desaprobación.-¡Ved, se atreve con un pequeño! -exclamaron los circunstantes-. ¡Sálvate, Kiska!El asunto acabó en aquello, sin dejar rastro, salvo, creo yo, lo mismo en uno que en otro, la conciencia confusa de que el pegarse es desagradable, porque esto hace daño a entrambos. Se puede notar que aquel sentimiento de justicia ha sido provocado por la multitud; pero ¡cuántos asuntos análogos se terminan, no se puede comprender en virtud de qué leyes, de manera que satisfaga a las dos partes! ¡Cuan arbitrarios e injustos son, comparativamente, todos los medios empleados en semejante caso!-Los dos sois culpables; ¡de rodillas! -dice el instructor. Y no tiene razón, porque allí no hay más que un solo culpable, un culpable que triunfa poniéndose de rodillas y rumiando su maldad, en tanto que el inocente está doblemente castigado. O bien:-Tú eres culpable de haber hecho esto y aquello, y tú serás castigado -dirá el instructor.Y el niño castigado odiará más a su enemigo al sentir a su lado un poder despótico, cuya legitimidad no reconoce.O este otro:-Perdónale; así lo quiere Dios, y sé mejor que él -expresará el instructor.Le decís: Sé mejor que él, pero lo que él quiere es ser más fuerte; mejor... no lo comprende, ni lo puede comprender.O esto:-Ambos sois culpables; pedios perdón el uno al otro, y abrazaos, hijos míos.He aquí lo peor de todo, porque ese abrazo no será sincero, y porque el sentimiento malo, acallado un instante, se arriesgará a resucitar.Dejadles, pues, solos si no sois el padre o la madre, que, todo piedad para sus hijos, siempre tienen razón para tirar de los cabellos al que pega; dejadles, y ved cómo todo se arregla, todo se apacigua sencilla, naturalmente.
Debo explicarme. Describiendo la escuela de Yásnaia Poliana, no pretendo darla como un modelo útil y bueno de imitar; no quiero más que mostrarla tal cual es. Creo que tales descripciones pueden tener sus ventajas. Si yo lograse, en las páginas siguientes, volver a trazar con lisura la historia del desenvolvimiento de la escuela, aparecería claramente al lector cómo se ha formado el espíritu actual, por qué lo encuentro yo bueno, por qué me sería absolutamente imposible cambiarlo, aun cuando yo quisiera.La escuela se ha desarrollado libremente por la sola virtud de los principios establecidos, por el maestro y por los alumnos. A pesar de toda la autoridad del maestro, el alumno tenía siempre el derecho de no frecuentar la escuela, y aun frecuentando la escuela, el de no escuchar al maestro. Este tenía el derecho de no conservar al alumno en su escuela y de poder obrar con toda la fuerza de su influencia sobre la mayoría de los niños, sobre la sociedad que entre ellos forman siempre. Cuanto más adelantan los niños en el estudio, más se extiende la enseñanza y más se impone la necesidad del orden. Por consiguiente, en una escuela que se desenvuelve normalmente y sin violencia, cuanto más instruidos son los discípulos, más capaces del orden resultan, más sienten ellos mismos la necesidad de él, y más fácilmente, bajo este punto de vista, se establece la autoridad del maestro.
En la escuela de Yásnaia Poliana, desde su fundación, se ha visto confirmada constantemente esta regla. Al principio, imposible distribuir las clases, ni las materias, ni los recreos, ni las tareas: todo se confundía, todos los ensayos de distribución resultaban vanos. Hoy, en la primera clase, hay alumnos que piden ellos mismos seguir la guía de horarios y materias, que se aburren cuando se les saca de su lección, y que echan fuera a los pequeños que se atreven a estar entre ellos.A mi juicio, este desorden exterior, aunque parezca al maestro tan extraño, tan incómodo, es útil, indispensable. Ocasiones tendré de volver a ocuparme, con bastante frecuencia, de las ventajas de esta organización; en cuanto a sus inconvenientes, he aquí lo que tengo que decir:En primer lugar, el desorden u orden libre parécenos tan espantoso porque estamos acostumbrados a otro sistema según el cual hemos sido instruidos.
En segundo lugar, sobre este punto, como sobre otros muchos, el empleo de la violencia está fundado en una interpretación irreflexiva e irrespetuosa de la naturaleza humana. Parece que el desorden aumenta, crece por momentos, no conoce límites; parece que nada puede detenerlo sino la represión violenta, cuando basta esperar un poco para ver el desorden (o el fuego) extinguido por sí mismo, produciendo un orden más perfecto y estable que aquel por el cual lo sustituiríamos.
Los escolares son hombres, seres sometidos, por muy pequeños que sean, a las mismas necesidades que nosotros; como nosotros, seres pensantes; todos quieren aprender, y para esto van a la escuela, y por esto llegan sin esfuerzo a esta conclusión, que, para aprender, es necesario someterse a ciertas condiciones. No sólo son hombres, sino que constituyen una sociedad de seres reunidos en un pensamiento común. Y en todo lugar donde se reúnan tres en Mi nombre, Yo estoy en medio de ellos. Cediendo a las solas leyes naturales, a las leyes derivadas de la naturaleza, ni se oponen, ni murmuran; cediendo a vuestra autoridad intempestiva, no admiten la legitimidad de vuestras campanillas, de vuestro uso del tiempo, de vuestras reglas.¡Cuántas veces he tenido ocasión de asistir a las batallas de los niños! El maestro se lanza entre ellos para separarlos, y los dos enemigos se miran de reojo; incapaces de contenerse aun en presencia de un maestro temible, acaban por caer uno sobre otro con más ardimiento aún que antes. ¡Cuántas veces, en el mismo día, he visto un Kiruchka, apretados los dientes, caer sobre Taraska, cogerle por los cabellos de las sienes, derribarlo al suelo; parece querer desfigurar a su enemigo, dejarle muerto! Pero no ha pasado un minuto cuando ya Taraska ríe bajo Kiruchka y le hace otro tanto; antes de cinco minutos, vedlos tan buenos amigos, sentados uno al lado del otro.Hace poco tiempo, después de la clase, en un rincón dos muchachos se fueron a las manos: el uno, un notable matemático de cerca de nueve años, alumno de la segunda clase; el otro, un pequeño, con ojos negros, rapado, inteligente, pero vengativo, nombrado Kiska. Kiska echó mano a los largos bucles del matemático y le apretó la cabeza contra el muro, en tanto que el matemático se esforzaba vanamente para coger las cerdas rapadas de Kiska. Los negros ojos de éste brillaban triunfalmente. En cuanto al matemático, le costaba trabajo contener sus lágrimas.-¡Bien! ¡bien! ¿Qué? ¿qué? -decía Kiska.Pero se veía claramente que éste hacía daño, y que sólo quería pasar por valiente. Esto continuó por bastante tiempo, y yo estaba indeciso sobre qué partido tomar:-¡Se pelean! ¡se pelean! -gritaban los niños.Y se agruparon en el rincón. Los pequeños reían, pero los mayores, aunque sin tratar de separar a los combatientes, mirábanlos con aire serio. Las miradas, el silencio, no fueron perdidos para Kiska. Comprendió que lo que hacía no estaba bien; púsose a sonreír, y poco a poco fue soltando los cabellos del matemático. Este último se desembarazó de aquél, acosó a Kiska, a quien apretó por la nuca contra el muro, y después, satisfecho, se alejó.
El pequeño se echó a llorar, y lanzándose en persecución de su enemigo, le pegó con todas sus fuerzas sobre el abrigo de pieles, pero sin hacerle daño. El matemático iba a secundar, pero en el mismo instante resonaron gritos de desaprobación.-¡Ved, se atreve con un pequeño! -exclamaron los circunstantes-. ¡Sálvate, Kiska!El asunto acabó en aquello, sin dejar rastro, salvo, creo yo, lo mismo en uno que en otro, la conciencia confusa de que el pegarse es desagradable, porque esto hace daño a entrambos. Se puede notar que aquel sentimiento de justicia ha sido provocado por la multitud; pero ¡cuántos asuntos análogos se terminan, no se puede comprender en virtud de qué leyes, de manera que satisfaga a las dos partes! ¡Cuan arbitrarios e injustos son, comparativamente, todos los medios empleados en semejante caso!-Los dos sois culpables; ¡de rodillas! -dice el instructor. Y no tiene razón, porque allí no hay más que un solo culpable, un culpable que triunfa poniéndose de rodillas y rumiando su maldad, en tanto que el inocente está doblemente castigado. O bien:-Tú eres culpable de haber hecho esto y aquello, y tú serás castigado -dirá el instructor.Y el niño castigado odiará más a su enemigo al sentir a su lado un poder despótico, cuya legitimidad no reconoce.O este otro:-Perdónale; así lo quiere Dios, y sé mejor que él -expresará el instructor.Le decís: Sé mejor que él, pero lo que él quiere es ser más fuerte; mejor... no lo comprende, ni lo puede comprender.O esto:-Ambos sois culpables; pedios perdón el uno al otro, y abrazaos, hijos míos.He aquí lo peor de todo, porque ese abrazo no será sincero, y porque el sentimiento malo, acallado un instante, se arriesgará a resucitar.Dejadles, pues, solos si no sois el padre o la madre, que, todo piedad para sus hijos, siempre tienen razón para tirar de los cabellos al que pega; dejadles, y ved cómo todo se arregla, todo se apacigua sencilla, naturalmente.
