miércoles, 25 de agosto de 2010

Y ahora a por la Antártida!!


Leo esta mañana que por fin se va a explotar el petróleo de Groenlandia...y por ende el del Ártico. O sea, que en pleno debate sobre las energías renovables y en plena contaminación del Golfo de Méjico, las petroleras se lanzan a la carrera por el petróleo del Ártico, como reza el titular de El País.

No me extraña que no pase nada. El debate sobre el cambio climático y la utilización de fuentes de energía alternativas está tan politizado, que en una de las últimas cumbres mundiales que hubo sobre esta cuestión, apenas se llegó a un acuerdo de mínimos.

Aquí en España hemos convertido la energía solar y la eólica en un nuevo campo de subvención y de especulación (como no podía ser de otra manera), además de crear el enésimo estéril debate político. ¿En el resto del mundo? Bueno, la Amazonía desaparece a pasos agigantados gracias al boom de los cultivos de soja, China y su carbón usado como combustible...bueno y por no abundar más, pero si leen un artículo del NG sobre el tratamiento del barro petrolífero en Canadá....en fin, para ponérsele a uno los pelos de punta!

Como casi todo en este mundo, el debate sobre la energía está tremendamente politizado...aunque no estaría de más algo de inteligencia. Como decía Lucchessi, el banquero mafioso del Padrino III, la economía es el arma de la política, o mejor dicho, la economía es un arma y la política, saber cuándo hay que disparar. Por eso digo que no estaría de más algo de inteligencia por parte de los políticos, y no me refiero a aquellos que se juntan en Río de Janeiro a no sé qué. Me refiero a aquellos que suben los impuestos directos e indirectos sobre los hidrocarburos (gran porcentaje de los cuales se los llevan las autonomías), aquellos otros (municipales) que, interesadamente, entran en las subvenciones de las energías alternativas y, por último, los políticos nacionales que legislatura tras legislatura, entonan la canción nuclear sí, nuclear no...alternativas sí, alternativas...para mis amigos.

Si elimináramos la dependencia del petróleo y la energía nuclear, de una manera rentable (la expresión economía sostenible es muy bonita, pero hay que hacer un gran esfuerzo para no pensar que se trata de una contradicción), no ocurrirían estas cosas, pero por lo visto, seguimos pensando en el enriquecimiento a corto plazo...a costa de lo que sea.

Por otro lado está el estéril debate ideológico. Estéril porque se agota antes de llegar a algún sitio, lo cual no es de extrañar si, como hemos visto en múltiples ocasiones, las posturas enfrentadas se ubican casi desde el principio en uno u otro partido. Ejemplos de ello los tenemos en muchas democracias (en los países sin democracia no hay debate que valga). No digo con esto que el debate está mal, pero, y a los últimos ejemplos en España me remito, resultan tremendamente estériles pues no se llega a ninguna parte.

No quiero terminar sin recomendarles una película ya antigua: La fórmula, protagonizada por George C. Scott (Patton) y con Marlon Brando bastante enorme, haciendo de malo. No se me olvida una frase de éste último dirigiéndose al detective encarnado por G.C. Scott: los árabes somos nosotros. Más pesimismo, imposible!

lunes, 28 de junio de 2010

Los asesinos lentos, de Rafael Balanzá



Hace tiempo que quería hablarles (de nuevo) del tema manriqueño de lo fugaz de nuestra existencia. De lo expuestos que podemos estar nosotros, una sociedad occidental que contempla con placidez la seguridad de todos nuestros pasos….hasta que llega el volcán y paraliza nuestro tráfico aéreo.

No soy amigo de estar constantemente diciendo ¡arrepentíos pecadores!. Tampoco soy, entrando en el meollo de esta entrada, amigo de lecturas veraniegas, ni de recomendar libros. Ello porque (y no es falsa modestia) no me considero quién para juzgar un libro. Máxime cuando tengo cientos de lecturas amigas pendientes, como las del maestro García Francés.

Cayó hace meses en mis manos el Premio Café Gijón de este año. Ya hice referencia al autor. Me arriesgo a hablar de un libro amigo. Y digo me arriesgo, porque es muy difícil hablar de manera objetiva. Seré, por tanto, todo lo subjetivo que pueda. Sé que Rosa Regás presidía el jurado. He leído algunas críticas y, desde luego, al lado de la autoridad de personas como Luis Alberto de Cuenca (ABC), Mª José Obiol (Babelia, Ricardo Senabre (El Mundo) o Osabel Llauger (Qué Leer) …….. mi opinión sería el aleteo del mosquito al lado de los cañones de la torre de Londres…pero bueno, para eso está mi blog…que quizá retitule la cueva de Alberico….

Es una sencilla novela negra que, sin embargo, habla de lo trascendentemente futil de la existencia humana. Invita, por tanto, a la reflexión. Para mí es impresionante cómo una novela más o menos corta (la lees en un par de tardes, yo he releído en una) nos sitúa ante lo vertiginosamente habitual de cómo una persona pasa de la aparente monotonía, al abismo. Resulta fascinante, por cuanto la apariencia de seguridad que vivimos, no es sino una ilusión que, un fantasma del pasado puede convertir en arena (lágrimas en el océano, que diría el replicante de Blade Runner). Aunque ya lo haya dicho el autor en alguna entrevista que otra, estaríamos ante una línea literaria que iría desde Dostoievsky y Kafka hasta, si me permiten, Kundera.

Supongo (no soy crítico) que está muy bien escrita por cuanto un lector duro, como yo (que ha desechado muchas novelas aunque, obviamente, no voy a citar autores) queda enganchado al pasar la primera página de este pequeño gran libro. Una estupenda novela, escribía Mª Josó Obiol. Al final, sólo queremos eso, sólo pedimos eso de una novela. Inventar argumentos, como dice otro maestro, Luis Alberto de Cuenca…desplegarlos de forma original…y literaria. Eso es lo que le hemos pedido a una novela desde que nació el género. Pero no voy a hacer, aunque no lo parezca, de crítico. Permítanme que, como lector, les recomiende esta lectura veraniega. Lectura para una tarde de verano.

viernes, 11 de junio de 2010

El arte de saber escuchar


Es un hecho comúnmente aceptado, que al vivir en democracia, damos por supuesto que la tolerancia, la alteridad (un concepto bonito, una palabra horrible, al menos para mí) y todo lo que se deriva de la convivencia democrática, campan a sus anchas por nuestra sociedad. Esto, implicaría la clara existencia de una comunicación entre los individuos que componen el tejido social; que existe diálogo entre los mismos y que, en definitiva, sabemos escuchar al otro.

Por desgracia, la política está impregnando todos los ámbitos de nuestra vida (o al menos, los telediarios se empeñan en convencernos de ello). En virtud de ello, hay cada vez más tópicos que clasifican las opiniones, desterrando la independencia de criterio. Estás con nosotros, o contra nosotros. Tranquilos, dije que no iba a hablar de política, y no lo voy a hacer.

Volviendo a nuestra capacidad de incomunicación. No me extraña que mataran a Sócrates. ¿Cómo podíamos dejar vivir a un individuo que, lo primero que nos pedía, era que aceptáramos nuestra ignorancia? (No digamos Jesús de Nazareth, que decía ama a tu prójimo como a ti mismo…). Huyendo de las utopías, podemos llegar a un acuerdo. Un contrato social. A partir de ahí, y ya como conquista histórica aparece la democracia. Aparecen los derechos políticos y, después los económicos y sociales. Hasta una tercera…y una cuarta generación de Derechos Humanos!! Esos que hoy utilizamos para discriminar al otro. La libertad de opinión, la libertad religiosa, la no discriminación por motivos de raza, sexo, etc, etc.

Pero el hombre es un ser social. Qué tono tan peyorativo adquiere, en la actualidad, la frase de Aristóteles con que abre su Política: el hombre es un animal político; sí, sí, un ser social. Cuántos filósofos han ido más allá y nos han hablado del otro. Siempre que leía o escuchaba esto, me venía a la cabeza aquel dibujo de los libros de lengua del esquema de la comunicación: el emisor, el receptor, el canal, el mensaje…y la verdad es que no eran dibujos muy afortunados, porque el receptor tenía cara de darle igual lo que decía el emisor. Tal vez, sin quererlo, los libros de lengua mostraban una imagen de lo que está siendo nuestra sociedad. Un mundo de sordos, buenos consumidores y buenos votantes.

Ahora en serio, temo estar convenciéndome de que cada vez hemos ido perdiendo, más y más, el arte de saber escuchar. Quizás tenga algo de culpa el habernos convertido en homo videns. Los mensajes son cada vez más simples porque no leemos. En el plano del diálogo, de la comunicación con nuestros semejantes, y gracias a las maravillosas nuevas tecnologías, no esperamos, ningún mensaje del otro porque nuestra mente se está acostumbrando a procesar claves en forma de imágenes, squetches (menudo palabro acabo de colar), o, simplemente, porque no tenemos ganas de escuchar algo que nos haga reflexionar. Podríamos hacer un chiste machista y decir aquello de por qué los hombres no leen las instrucciones…o preguntar cómo se va a un sitio es de débiles…

Es más triste que todo eso. Uno de los profesores que tuve de historia antigua nos decía que ya era hora de que aprendiéramos a leer y a escribir de verdad. Se refería a que procesáramos lo que leíamos y no nos limitáramos a engullirlo para regurgitarlo. También decía que habláramos entre nosotros, pues es más fácil transmitir un pensamiento compartiéndolo y discutiéndolo, que leyéndolo en la soledad del estudio. Y tenía razón. Esas discusiones acaloradas (bendita ingenuidad estudiantil) sobre la cara de ofensa permanente de Hegel y sus definiciones de los cínicos, a altas horas de la madrugada, delante de una botella de vino…. Al menos escuchábamos al otro (aunque al día siguiente no nos acordáramos….). No, en serio, era muy edificante dialogar sobre esto o aquello (y si no que se lo pregunten a Platón).

He traído un cuadro que transmite, aparentemente, la frialdad de los cuadros de Ghirlandaio (soberbio el retrato que tenemos en el Thyssen). A mí me gusta mucho porque representa el diálogo entre dos generaciones (o piensen como muchos estudiantes de arte, que el nieto está mirando las úlceras de la nariz de su abuelo). Leí en algún sitio que los abuelos no tenían ya nada que enseñarle a sus nietos. ¡Qué falsedad! Por desgracia, hemos ido creando una especie de sociedad en la que las conquistas se proclaman en forma de derechos del consumidor. El ruido nos acosa por todas partes, las tiendas utilizan la música como estrategia comercial. Todo es sonido, todos hablamos mucho y constantemente…pero no escuchamos al otro. No esperamos a que termine una frase. Compulsivamente, comenzamos a procesar no sé qué en nuestro cerebro. De esta manera, la pregunta ¿pero, de verdad has escuchado lo que acabo de decirte? Es una constante, un protocolo necesario en una sociedad de espíritus sordos.

A veces me entran ganas de coger a mi familia y escapar a Roma o a Florencia, donde las piedras hablan más, dicen más cosas que los seres humanos. En sitios como esos aprenderíamos a escuchar, a leer, a mirar.

Afortunadamente, tengo amigos, familiares, compañeros de trabajo a los que poder escuchar. Pero el aire de las calles trae a veces un denso hedor de incomunicación que estremece (un poco pedante la metáfora, pero bueno). Hagan ustedes la prueba. Intenten mediar en una discusión callejera y digan cualquier chorrada. El resultado es imprevisible. Es como si nuestra soberbia nos impidiera aceptar el discurso del otro. Como si tuviéramos aprendidas dos o tres reglas, y con eso basta. Como si la voz desconocida fuera una amenaza.

¿La terapia para ello? No hace falta trasladarse a Florencia. Hay pueblos de Almería, que tienen una plaza donde los árboles que la rodean, nos regalan una bendita sombra bajo la que se vegeta en los días de agosto. El Mediterráneo está plagado de estos pueblecitos. En esos lugares encuentra uno un silencio tan elocuente…que invita al diálogo. Más aún si pedimos una botella de vino del país, e invitamos a un par de amigos (tengan cuidado de que no sean los borrachines del pueblo). Insisto. Hagan la prueba.

jueves, 27 de mayo de 2010

Amores triviales....en primavera


De repente te encontré en medio de la plaza y me preguntaste
- Vas a la biblioteca?
Yo iba pensando en el examen de Economía política que tenía ese sábado, y que no iba a hacer por lo de siempre: mi alter ego me impedía presentarme a un examen que no sacara con matrícula. Claro que....
-Pues...n... sí, lo que pasa es que iba a comprar folios y ... pero ya no me hacen falta...
-Bueno, entonces nos veremos este sábado en la reunión ¿llevarás tu guitarra?

Eras una chica en la que sólo había reparado de refilón. Pero esa tarde, sus ojos tapaban toda la luz de la resplandeciente Plaza Mayor.
Un mes después, me regalabas el bonito estuche para mis bolígrafos y lápices....los mismos que había dejado en la biblioteca aquella tarde. Cuatro de abril de 1990. Aún lo conservo. Pegamos con celofán el papelito donde apuntaste la fecha.

Pero al poco tiempo empezaron los problemas. Mis problemas. Creo que fue el día que me forraste el Código Civil. De repente me puse muy serio.

- ¿Qué te pasa?, preguntaste ¿Por qué estás tan serio?

- No quiero que me ocurra como a Juan.

Juan era mi primo. Estaba opositando a notaría, pero lo que realmente le gustaba era la música. Justo antes de presentarse al último examen, desapareció. Un día mandó una postal desde Jamaica. Vivía de tocar en la calle. Había viajado por todos los metros del mundo hasta dar con sus huesos en el país caribeño.

- Ya empezamos ¿pero por qué te va a ocurrir eso? No quiero historias. Tenemos que estudiar.

María era una brillante estudiante de ingeniería. Era la mejor de la comisión de apuntes. Sí, era muy buena estudiante. Yo tenía ráfagas de brillantez, intercaladas entre períodos de inanición. Se cansó de mí y me dejó con el anhelo de lo que pudo ser. El anhelo que creí haber encontrado, por fin, aquella tarde de primavera.

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Esto es un extracto de un libro juvenil que leí el otro día por casualidad. Suena a historias de adolescentes o, en este caso, de postadolescentes...universitarios, vamos. Es bastante trivial (al menos, a mí me lo parece), pero, tiene gracia, esta tarde he leído la magnífica entrada de mi amigo Rogelio sobre Kieslowski, y me han venido a la cabeza aquellos años en los que conocíamos a alguien...o nosotros mismos éramos protagonistas de historias parecidas. Supongo que toda era fruto de la frescura e ingenuidad con que se vive a los veinte años. Oíamos bandas sonoras con pasión (como la de Azul), vivíamos los conciertos (como el de U2 al que NOOO pude ir) a flor de piel ... o pensábamos que conocíamos el verdadero amor. ¡Qué más daba que hubiéramos leído el libro de Erich Fromm! Nosotros sabíamos lo que realmente había que sentir...

Veinte años después, empieza uno a descubrir qué poco sabía entonces del verdadero amor. Como el chico del relato, que queda deslumbrado por unos ojos tras los que se esconde una estudiante que vive en un mundo distinto al del protagonista, preso de sus anhelos y sus neuras.

Supongo que cuando cumplamos veinte años más, habremos profundizado un poco más en nuestra búsqueda del verdadero amor, pero lo que uno va comprobando con el paso del tiempo, es que tiene poco que ver con aquel anhelo juvenil, pues, en realidad, no era más que un acto de egoísmo, de querer reproducir en la pareja algo que buscábamos (al menos es lo que le ocurre al personaje del relato, aunque no lo haya transcrito por completo). En fin, para dar un toque aún más romántico-anhelante a la entrada de hoy, aquí os dejo este lied de Schumann


sábado, 15 de mayo de 2010

Elogio de la tristeza


Desde luego, un budista me diría que esta entrada es el perro que mató su religión para acabar con la rabia, ...y probablemente tendría razón...pero me van a permitir ser un poco eurocentrista y a la vez nostálgico.

No es este un elogio de la depresión, la enfermedad del occidental de nuestro tiempo (junto con las cardiovasculares y la obesidad). Tampoco lo es de la angustia romántica de aquellos magníficos artistas de principios del XIX que escribían a la muerte o paseaban por ruinas góticas.

A veces, recordamos un olor, captamos un sonido...y un recuerdo nos viene a la mente. La nostalgia que nos acecha conforme avanzamos en edad. El otro día, mi amigo Rogelio escribía una magnífica entrada sobre la edición de la obra póstuma de Canetti. Estuve pensando en los cientos y cientos de obras que me han hecho reflexionar sobre la muerte. En el Requiem alemán de Brahms, en las coplas manriqueñas...en los Evangelios! Y es que, conforme avanza nuestra andadura por este valle de uno no sabe qué, todo se relativiza. Los éxitos se toman con cada vez menos entusiasmo...y los fracasos con más entereza...digamos que uno aprende a encogerse de hombros cada vez mejor ante todo lo que la vida nos trae, pues, vemos lo inevitable de ese avanzar hacia el Leteo como algo inherente a lo que una persona ha de aprender en esta vida: aprender a vivir y aprender a morir.

Detesto esa especie de estigmatización de la muerte. Igualmente, detesto la estigmatización de la vida a pro del contínuo recuerdo de estar de paso. Me encantan las canciones de taberna....tanto como las misas de Tallis. Sé que me repito mucho, pero uno de los cineastas que más ha reflexionado sobre la muerte, Bergman, muestra en su Séptimo sello una lección clarísima a través de una historia (cómo no) medieval.

Pero yo venía a hablar de la tristeza. De ese sentimiento que nos invade cuando escuchamos el último movimiento de la novena de Mahler (hay que escucharla entera...)...o cuando muere don Alonso Quijano...un estado de seriedad reflexiva nos invade. Nuestra sensatez nos impide caer en la melancolía, pero al mismo tiempo nos pone en guardia: guárdate del entusiasmo, no te pase como a Ayax, que murió presa de la locura...y es que es peligroso dejarse arrebatar por el néctar de los dioses...aaay esos éxitos humanos.

Nótese, asimismo, que hablo de tristeza, no de envidia (tristeza de los éxitos ajenos), traición (daño a los demás en pos del egoísmo) y un largo etcétera de estados del alma que, en realidad, son...como diríamos...pecados capitales (todos estudiamos el catecismo en la EGB ¿no? pues eso).

En fin. Sin necesidad de regodeo, hay un cierto placer en la nostalgia del recuerdo de aquellas mañanas de mayo, cuando estábamos en el instituto y el sol penetraba por las rendijas de la persiana mientras sonaba La hora de las danzas en Radio-2, o sonaba la música de Amarcord mientras presentaba los clásicos del cine (de terror, japonés, sueco, etc) que ponían en la 2 cuando aún cumplía su función cultural...y no cultureta!! Hay una gran belleza en las notas autógrafas de Mahler en su octava sinfonía, dirigidas a su esposa Alma (für dich lebe, für dich sterbe)...o cuando el corazón se nos encoge con el encuentro de Tristán e Isolda del segundo acto o la muerte de Isolda...pues eso, microcápsulas de tristeza...para evitar la depresión...o como diría Gabitene Caligari: querida tristeezaa, de ti me he enamooorao y ya he dejao deee ser un pobre desgraciaooooooooo, a tu laooo, a tu laooo!

Sean felices!!!

jueves, 13 de mayo de 2010

Las suites para cello (I)


Dedicada va esta entrada al entrañable y familiar Jesús Jareño, con el que tan apasionadas conversaciones sobre Casals y Bach mantuve.

Una de las joyas de la música son las suites para cello de Juan Sebastián Bach. Es prácticamente imposible contener el llanto si escuchamos algunos de sus fragmentos. El bellísimo preludio de la suite nº1, BWV 1007, es, probablemente, el más conocido. Es verdad que es de una belleza tan rauda que siempre nos sabe a poco. Por fortuna, la alemanda que lo sigue es preciosa, y nuestros oídos van quedando saciados. El ritmo de les impone Rostropovich puede parecerle, a algunos, vertiginoso...

La Courante y la Zarabanda mantienen el mismo espíritu del preludio (¿será por la tonalidad?). Pero no pierdan detalle de los Minuetos, y lo reflexivo del segundo, en contraste con lo eufórico del primero. Si palabras para la Giga.

Personalmente, me quedo con el preludio de la suite nº2 BWV 1008, (al mismo nivel que el de la nº3). Entre melancólicas y firmes, arrancan las tres primeras notas con gran contundencia y claridad discursiva (hubiera escrito en mi efímera etapa de crítico). Pero es que es cierto. EL preludio es un anticipo de la zarabanda.

La courante nos da un pequeño respiro, quizás es una preparación en la frugalidad para la sobriedad de la Zarabanda. Permítanme un ex cursus para recordar bellísimas zarabandas, no sólo de Bach, sino de Gluck, de Händel, de Purcell...bueno, volvemos a la de la suite nº2. Unas notas largas que cierran nuestros párpados invitándonos a un reflexivo sosiego. Unos silencios que preceden a frases humildes pero tremendamente profundas.

Llegamos a los dos minuetos. Arranca el primero con gran solidez. En modo menor llega el segundo, sencillo y verdadero, iniciando su andadura en un mezzoforte, como si nos diera un descanso del incesante ritmo ternario que va a llegar con la repetición del primero.

Por último, la Giga, que arranca con pares de notas que no dejan lugar a duda de su presencia. No perdamos detalle de las apoyaturas (más en el preludio de la tercera), o las dobles cuerdas, bellísimas. Como elegantes son las modulaciones y variaciones hasta llegar a la ¿redonda? final.


Otro preludio que me es imposible escuchar sentado es el de la suite nº 3. Una escala descendente de notas abre la puerta de nuestra estancia y nos envuelve en una corriente incesante de escalas exultantes a las que es imposible ser ajeno. ¡Cómo pueden ser tan bellos unos ejercicios para el cello!!! Un diálago de pares de pasajes nos lleva, ahora sí, al pasaje de la apoyatura. Es sencillo. No es nada...pero para mí es una fiesta de los sonidos. Y al poco, llega a su fin (Rostropovich hace un piano súbito en medio del pasaje que a mí me gusta mucho, no recuerdo quién más lo hace porque desde hace mucho sólo oigo esta versión). Podría dedicarle una entrada a este preludio, así que mejor pasamos a la alemana, bellísima. Pero la Zarabanda nos devuelve a la melancolía que sólo transmite el violoncelo. Casi siento verguenza por querer describir de manera tan burda sonidos tan sublimes. Et les bourrées sont arrivées! De sencillez y belleza pastoriles (supongo que habrán leído estos adjetivos en la contraportada de cualquier disco, pero bueno, es que son así) La número dos les sonará trascrita en algún otro instrumento. Pero no perdamos el hilo, pues la exposición del motivo en modo menor resulta de un gran preciosismo e intimismo (y ya no más -ismos) que contrasta con el regreso eufórico de la primera bourrée.

La Giga es un torrente de notas que culminan en un zapateado vertiginoso que el instrumento nos expone con las dos cuerdas. Impresionante.


Bueno. Esta burda descripción de lo que uno escribiría en unos minutos sobre las tres primeras suites para cello de Bach es en realidad una invitación a que no pierdan un instante y las escuchen. ¿Versiones? Hay varias de Pau Casals que son altamente recomendables. Y no se engañen por lo distintas que pueden resultar de las de Yo yo Ma. Paul Tortelier o Rostropovich si quieren comparar épocas...yo les traigo a un grandísimo artista, famoso también por sus pantalones de cuero...y por su excelente versión del concierto para cello de Elgar, que grabó con el malogrado Giuseppe Sinoppoli.

suite nº2 BVW 1008, preludio


Post Data: voy a intentar no escribir de política.


viernes, 23 de abril de 2010

Historias de libros


Una de las cosas que mi querido padre logró introducir en mi cerebro reptiliano (y que conste que el mérito es suyo) fue el amor a los libros, no ya como transmisores, sino como objetos en sí. Claro que, a renglón seguido, cuando veía que un libro estaba demasiado nuevo me espetaba...qué poco lo hemos leído...

Recuerdo cuando nos compramos una colección de clásicos en edición del Círculo de Amigos de la Historia (esos que son pequeños, en holandesa y en bermellón). Tendría siete u ocho años, y mientras le ayudaba a ponerlos en la estantería aprendía los nombres: Maquiavelo, Dante, Garcilaso el Inca...he intentado que no se rompan las páginas...en fin, supongo que reconforta verlos bien abiertos y sueltas las páginas...que ¡¡adornando la estantería con la que hacen juego!!


Sigo teniendo la costumbre de visitar librerías de antiguo y usado. En Madrid hay algunas excelentes! Hay otra en las Cocheras del Escorial que es enorme y tiene libros en bastante buen estado. En la Corredera de Córdoba hay algunas que no pueden dejar de visitarse. En fin, espero que me perdonen si las que a mí me interesan no las cite...por razones obvias. Les confesaré otra, en Estrasburgo, en frente de la portada norte de la catedral. Allí me compré una edición de las obras completas de Tácito de finales del siglo XVIII, en perfecto estado...adornaban la biblioteca de alguien...


El otro día, en una de las que visito asiduamente, me compré El Jugador, de la Austral (hubo unas ediciones que van pegadas y que están en verdadero estado de descomposición, pero las que van cosidas, se conservan bastante bien). En su primera página viene el sello de su anterior dueño, y debajo, E 5, T 2, nº270. Me dio una especie vuelco el corazón, alpensar que los libros que esta persona había adquiriendo, leyendo y clasificando...habían acabado dispersos por librerías de usado. Pero luego pensé, al menos no han acabado en una hoguera...o decorando las estanterías de adictos a las antigüedades y objetos curiosos, como esos familiares tan amigos de lo ajeno que después de la guerra fueron cogiendo poco a poco los libros de mi padre. Al menos, la Providencia me ha permitido hacer justicia y, con la misma sangre fría, allí donde los he encontrado, los he cogido poniendo cara de Edmundo Dantés....


Pero una de las frases que siempre me persigue es la atribuida a Francis Bacon (creo, o a Montesquieu...o a Unamuno, da lo mismo): muchos libros se leen, algunos se mastican, pocos se asimilan... Es como un dulce y a la vez triste tormento: hay libros que, si se leen una vez, es como si no los hubiéramos leído. Pero, por encima de todo, y más aún hoy que, como diría Sartori, la palabra está desapareciendo, da igual cuántos libros lleguemos a leer, o si no hemos podido llegar a leer todos los de nuestra biblioteca. Lo que más importa, es que nunca desaparezca la capacidad de fascinarnos cuando leamos palabras como estas: Canta, oh diosa, la cólera del Pélida....


Feliz día del libro, felices 365 días del libro!!!